Alcirita no se priva de nada.
Al
rubiecito le eché el ojo apenas lo ví.
Con tu carita de niño bueno a mí no me engañas, pensé.
Como alumno no es nada de otro mundo, prepara sus lecciones
para aprobar, nada mas. Pero como hombrecito se las trae,
una mañana y a pesar del mucho frío lo observé erecto,
cosa que intentaba disimular mientras daba su lección, al frente
del aula.
Me distraje unos instantes tratando de descubrir la causa de su entusiasmo.
Sospeché malas costumbres ya que el colegio es solo de varones,
y me prometí investigar un poco al rubiecito sospechoso
de encular o ser enculado, o ambas cosas,
que de todo hay en este valle de lágrimas. Días después,
un martes, pasé por mi confiteria favorita, de la cual soy una
de las mejores clientes demás esta decirlo, y allí estaba
el angelote comprando unas masas rellenas de chocolate y crema pastelera.
Me saludo con respeto pero ví, o imaginé, un brillito malicioso
en sus ojos negros.
El diálogo surgió con facilidad ya que hablamos de la mutua
afición a los dulces, sobretodo a los de chocolate
y crema pastelera. Una de las ventajas de "La mallorquina",
nombre de la confiteria, es contar contra una de las paredes con un mostrador
de mármol un poco mas angosto de aquel, en que se entregan las
compras. En él se pueden saborear masas recién hechas sí,
y me pasa a menudo, ataca la gula.
Mientras conversábamos, de sabores y texturas, se me ocurrió
poner a prueba a Sebastián y terminar con mis
dudas: ¿era o no era?. No es la primera vez, en mi carrera docente,
que me despacho un alumno, y a veces muy raras veces también una
alumna, pero ellas son mucho mas remilgadas, y de no
ser una iniciada cuesta mucho hacerlas protagonistas de "su debut"
conmigo. Pero con Sebastian fue fácil, le pedí, argumentando
falta de tiempo, que pasara por "La mallorquina" el jueves por
la tarde ya que es el día de las tortas de crema, manteca y coco.
Le adelanté dinero para la compra, con los jovenes soy muy cuidadosa
en ese tema, y quedamos en que la trajera a mi casa a la hora del té.
Una cosa lleva a la otra, dice una amiga, apenas habíamos dado
cuenta de la mitad de la torta y me relamía mirando el resto cuando
Sebastiancito, por descuido, derramó un poco de
té sobre su pantalón. Me levanté
para ayudarle a secarse, el té estaba muy caliente,
cuando descubrí con alegría que el muchachito
manifestaba un entusiasmo similar al demostrado, al frente del aula pocos
días atrás. Tan rápido como mi peso lo permite me
quité toda la ropa, menos las medias, y subí a
mi sillón favorito. Adopté la postura mas
accesible, en todo sentido, y abrí las piernas.
Sebastiancito comenzó a lamerme.
Por la dedicación y técnica empleada merecía una
nota mucho mas alta que por cualquiera de las lecciones dadas hasta entonces.
Poco después yo comenzaba a sentir la agradable cercanía
de una corrida, y no de toros precisamente. Mientras
me corría y chilllaba de puro gusto, se me ocurrió,
malabares de la mente, si le gustaría a mi tesorito untarme
de chocolate, crema pastelera o ambos y saborear la mezcla con un ligero
toque ácido.
Prylidiano Buster.
|