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Clarita en tarde soleada.
A
la madre de Clarita le gustan los baños de inmersión,
pasa horas dentro de la bañera. Fue su hija quien tuvo la ocurrencia
de espiar para verla desnuda, me convenció sin
esforzarse. Nunca antes había visto una mujer desnuda,
salvo en unas fotos que Lucas llevó al colegio y que el profesor
de castellano le quitó, sin amonestarlo y sin devolvérselas.
A la hora en que su mamá se bañaba nosotros dejábamos
de hacer nuestras tareas de colegio y, en total silencio, la mirábamos
por el ojo de la cerradura turnándonos. La ví parada de
frente, probando la temperatura del agua con una mano, de espaldas a nosotros,
dentro de la bañera con el agua casi tapando
sus pechos que imaginé eran pesados no como, algo que
supe mas tarde, los de Clarita. A veces la madre leía una revista,
otras un libro, otras veces no hacía nada mas que quedarse en el
agua caliente con los ojos entrecerrados.
Clarita dijo, una tarde en que nos aburríamos,
que ella era distinta a su madre. Solo por contradecirla dije que no,
que madre e hija eran iguales, como dos gotas en el agua agregué
con malicia. Clarita no respondió, me miró largamente y
sentí que me traspasaban sus ojos. Al rato guardé mis cosas
y salí de la casa. Mientras caminaba pensando en ellas dos supe,
intuí mas bien que entre Clarita y yo algo había cambiado,
no supe definir qué.
La tarde siguiente, soleada y calurosa, Clarita y yo estudiábamos,
su madre se acercó para preguntar si queríamos
tomar algo frío, luego se encerró en el baño.
Poco después Clarita subió a su habitación a buscar
un libro, regresó enseguida y me pidió que la ayudara a
buscarlo porque no lo había encontrado, pasamos frente a la puerta
del cuarto de baño y escuchamos el ruido del agua, esa vez no nos
detuvimos a espiar.
En el cuarto de Clarita, inundado de luz, ella se desnudó
frente a mí que la miraba sin sorpresa, luego
se recostó en su cama y pidió que me acercara.
Clarita era diferente a su madre, en la plenitud, los muslos
de aquella eran un poco gruesos mientras que los de Clarita eran casi
como los mios. Supe también por vez primera de la liviandad de
sus pechos y del color trigo de su pubis, que en la madre
era negro. Pero ambas tenian, lo descubrí en el momento, un mismo
y sutil olor a levadura.
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