Ella entregó su pasaporte al hostelero, el hombre evaluó con la mirada al baúl y la maleta: su trajinado equipaje. Luego, la ropa modesta y los veinte años de la recién llegada a Sevilla, no ayudaron a vencer la desconfianza del dueño del hostal Pegaso. El dueño era de baja estatura, y olía a sudor. Iba vestido con un pantalón negro y chaleco sobre la camisa arremangada, no muy limpia. Deletreó con dificultad el apellido de la muchacha en el pasaporte y, después de registrarlo en el Libro de Pasajeros, lo devolvió a Clea que pagó el cuarto por adelantado. Intentaba así evitar más preguntas del hostelero quizá demasiado interesado en ella: una muchacha extranjera que hablaba español.
El hombre desenganchó una llave del tablero que estaba a sus espaldas y se la dio. Después, sin siquiera intentar ayudarla con su equipaje se alejó, dejando tras sí el olor, rancio, de su cuerpo.
Clea subió la escalera que, desde un costado del patio, llevaba a la galería y a las puertas dobles de las habitaciones. La muchacha entró a su cuarto, el número siete, y puso la maleta en el suelo; luego se acercó a la puerta del balcón para observar, por unos momentos, el crepúsculo. En una esquina del cuarto, sobre una cómoda con tapa de mármol ordinario y rajado, había una palangana y un recipiente con agua. Clea se vió reflejada, en el espejo del ropero, y reconoció la sensación que, casi siempre, tenía al verse en los espejos de lugares a los que llegaba por primera y última vez: la sensación de que cada espejo era un umbral.
Se quitó primero el abrigo, luego la blusa, y a pesar del frío que las paredes algo húmedas provocaban, se quitó también la falda y las medias de seda marfil, casi blancas para lavarse. De nuevo el espejo mostró su imagen. Vestida, o desvestida, solo con una combinación y descalza, buscaba una toalla en su maleta cuando oyó fuertes campanillazos.
Apenas terminaba de vestirse cuando el hostelero llamó a su puerta para pedirle que bajase, con su pasaporte, porque "unos caballeros" la reclamaban. Clea tomó su pasaporte y, al salir del cuarto, vio a los guardias civiles en el patio: uno de ellos hablaba con el dueño.
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Miguel De Nichilo.
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