Para
ser comandante de la escolta del Emperador no basta ser valiente y experimentado
guerrero. Es necesario contar con la confianza y benevolencia del soberano,
tal era el caso de Chu-Te, el valeroso y sagaz.
Son muy largos los días en el Palacio de Verano, y cuando por el
calor no puede partir de cacería con su séquito, el Emperador
envía algunas de nosotras para que Chu
Te se entretenga.
Es en parte como muestra de la estima que nuestro señor le tiene,
pero no solo por eso: a nuestro señor le gusta mirar cuando
Chu Te nos penetra. Se deleita no solo con ver sino también
con escuchar algún gemido ocasional que tratamos,
por educación, de evitar. En una ocasión, que recuerdo especialmente
por el calor que hizo esa tarde, poco antes de la siesta nuestro señor
nos envió a Nieve de la Cumbre y a mí a los aposentos de
Chu- te para despertarlo si dormía, dijo con una sonrisa.
Una de las virtudes, del Comandante de la Guardia Imperial, consiste en
que necesita dormir solo dos o tres horas, y pasa gran parte de la noche
recorriendo los puestos de guardia, dentro y fuera del Palacio. Esa tarde
llegamos a su recámara y lo encontramos leyendo, cosa que dejó
de hacer de inmediato cuando nos vio a Nieve de la Cumbre
y a mí.
Las habitaciones de Chu-Te están decoradas con gusto y se puede
estar muy cómoda en ellas, no sé, aunque lo supongo, que
nuestros maestros de Feng-shui han orientado todo en ellas en el sentido
correcto. Chu-te pidió, con gentileza, que nos desnudaramos
y también lo hizo él. Estabamos sin nuestra ropa, salvo
los calecetines que nunca nos quitamos, porque nuestros pies son bellos
solo cuando están cubiertos.
El Comandante llevó luego dos escabeles hasta el lecho, y comenzó
a dirigir las posturas en que nos quería. Pensé,
al principio extrañada, que se trataba de ejercicios para
estirar los miembros, pero pronto comprendí que deseaba
entrar en Nieve de la Cumbre, aunque era mi rostro el que tenía
cerca y fuera a mí a quien abrazaba. Con un codo
apoyado en el escabel, Nieve de la Cumbre parecía meditar,
pero yo supe que aunque inmóvil Chu-Te estaba logrando que ella
acabase y no tan solo una vez. Entrelazados, los tres
conseguimos que las lentas ondas de placer nos abarcaran,
y quizás eso nos distrajo.
El cuerpo repentinamente en tensión de Chu-Te, efecto no atribuible
a un orgasmo, hizo que prestara atención al levísimo ruido
que hacía la seda de los ropajes del Emperador, que llegó
silencioso y se ocultó detrás de la pantalla, a la cabecera
del compartido lecho. Nosotros tres simulamos, como si se tratase de un
juego, no habernos dado cuenta de su presencia y continuamos con nuestro
gozoso Triángulo del Divino Vértigo, en
aquella calurosa tarde de verano en el Palacio.
Traducido del mandarín por Prilidyano
Buster.