El Triangulito
Tiziano contaba que David Caminoaga, poeta de un solo soneto, novelista de
una sola novela, diletante y bohemio, de 65 años muy bien vividos, le
había referido una extraña experiencia ocurrida en el París
existencialista de los años 50.
Una joven pareja de estudiantes de antropología compartía con
él un pequeño departamento en la orilla izquierda del Sena.
El marido era un apuesto intelectual de gafas sin aros, acento delicado y sonrisa
fácil, que conversaba infinitamente de literatura francesa con David
hasta la medianoche.
La esposa, una trigueña de ojos verdes, más fea que bonita, transmitía
un irracional deseo sexual.
Una noche de vinos, en ausencia de ella, David y el muchacho fueron más
allá del beso apasionado. David sintió que acariciaba y poseía
al poseedor de tan atractiva mujer.
Al día siguiente, en la tarde, en ausencia del esposo, ella seducía
al veterano escritor con artes de magia inigualables.
David experimentó un placer infinito que ya creía para siempre
imposible de vivirlo. La delicia de aquella aventura triangular sólo
ocurrió una vez, pero fue lo suficiente como para seguir viviendo torrencialmente
con el sólo recuerdo de aquella sesión memorable.
Los tres, en sus soledades, experimentaron hermosas satisfacciones, aunque
también, serios remordimientos.
Nunca supo David si la pareja entre sí se comunicó la experiencia,
pero me confesó que debió mudarse a los pocos días de la
buhardilla y nunca más volvió a ver a la pareja ni tampoco volvió
a tener una experiencia semejante en su vida.
Veinte años después, aún se asombraba de haber vivido
aquel pequeño e intenso triángulo sexual.
José Luis Díaz
Granados.