En un bosque de la China
Ella
se llama Cielo de Primavera, es una de las concubinas
favoritas del Emperador y de su Primera Esposa,
nos contó. En Palacio muchas tareas deben ser cumplidas a diario
y con esfuerzo si no quiere uno caer en desgracia o aún peor, ser
castigado con dureza, pero si se es despierto, y nosotros
tres lo somos, se encuentra la ocasión de pasar buenos ratos. Por
ejemplo, Lin Piao, el enano, va y viene
a su antojo y rara vez es llamado, basta que esté disponible cuando
algún personaje de la corte lo requiere. Nos hicimos amigos un
día que me vio esconder una botella de aguardiente que conseguí
sacar de las despensas reales. Con mucho tacto (Lin Piao sabe ser gentil
cuando quiere) me habló de su afición al aguardiente, y
que era capaz de guardar secretos. Fue el comienzo de nuestra amistad
y del intercambio de confidencias. Supe así de
su extrema afición por las mujeres de cualquier
edad y origen. Que las campesinas le otorgaran sus favores
a cambio de dinero o pequeños regalos no puede sorprender a nadie,
pero que algunas mujeres del Palacio, y no las de menor
rango, también lo hicieran, no dejó de ser una novedad para
mí. Cielo de Primavera era una de ellas.
Pronto llegó el verano. En las primeras horas
de la tarde, cuando casi todos los señores dormían la siesta,
costumbre que el propio Emperador no desdeñaba, Lin Piao
y yo nos reuníamos para beber. Así, entre trago y trago,
me confió su problema con Cielo de Primavera; ella quería
hacer el amor, he suavizado la frase que usó el enano,
al aire libre, bajo la sombra de los árboles. Y eso, capricho
de favorita al fin, no era nada fácil de realizar. Los eunucos
de Palacio, aunque también dormían a esas horas, no dejaban
de ser un peligro mortal de ser descubiertos por alguno de ellos. El principal
problema consistía en que Cielo de Primavera no podía huir
para esconderse en caso de que alguien se aproximara, sus pies, como los
de todas las damas de Palacio, estaban deformados. Y
el enano pese a su fuerza no podía cargarla en brazos.
Fue entonces cuando le dije que yo podía cargar en brazos
a Cielo de Primavera. Lin Piao, sin sorprenderse, decidió
que hablaría con Cielo de Primavera sobre incluirme en sus juegos.
Una tarde especialmente calurosa, salimos los tres por una de las puertas
secretas. Lin Piao vigilante abría la marcha, yo llevaba a Cielo
de Primavera sobre mi espalda. Ella había puesto sus bracitos
en mi cuello, el roce de sus pechos,
su aliento cercano, habían provocado una erección
que no pasó desapercibida para el enano que me
observaba, cada tanto, con una sonrisa. No nos alejamos mucho, sólo
lo suficiente para no arriesgarnos. Nos detuvimos bajo un gran árbol
del bosque, como quería Cielo de Primavera, cerca pero a la vez
ocultos, de un sendero demarcado con bambú. Los tres estábamos
muy excitados. Antes que pudiera darme cuenta Lin Piao, desnudo
por completo, se acomodó contra el tronco abriendo las piernas.
Ella, entendí entonces por qué había cargado con
el pequeño cojín de seda roja, casi desnuda
se acostó sobre su vestido y de prisa comenzó
a lamer el pene, Pequeña Flecha lo llamaba,
del enano. De espaldas, Cielo de Primavera, sin descuidar sus atenciones
para con Lin Piao, parecía ofrecerme su bien formado trasero.
Elegí entrar en ella de modo usual.
Traducido del mandarín por Prilidyano
Buster.
|