Una tarde, mientras estudiaba en casa de Juan Bautista Utrera, entró al baño a orinar.
Luego de haber hecho la micción descubrió dentro de una talega varios calzones destinados a la lavadora, con huellas de secreciones, humedades urinarias, gotas de sangre menstrual. Los contempló, los tentó uno a uno y creyó adivinar a quién pertenecía cada prenda... a Emelina... a la hermana de su amigo... a la cuñada... a la prima...
Tiziano Argüello sintió crecer el animal oculto y allí mismo comenzó a masturbarse mientras contemplaba y tentaba aquellas bragas fatigadas.
Cuando tentó una de color perla, no dudó que se trataba de la prenda íntima de Emelina. Comenzó a frotarse con la braga hasta que sintió que no podía más y un reguero de materia viscosa y gelatinosa comenzó a dispararse hacia las baldosas y los azulejos del cuarto de baño, dejando untados los calzones, su mano, los pantalones y las puntas de sus zapatos.
Tuvo que calmarse luego de jadear desesperado, tomar con serenidad el rollo de papel higiénico y borrar con sumo cuidado las gotas de aquella esperma líquida, pero al salir no pudo borrar el rubor de sus orejas ni la tembladera en las piernas ni el tartamudeo de su voz. Tampoco pudo borrar la natural turbación cuando al llegar a la sala, los compañeros lo recibieron con una burlona exclamación coral:
- ¡Huy! ¡Parece que se hubiera pajeado!
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José Luis Díaz Granados.