Bautista, Tiziano se refugió en el baño de su casa para emprender una masturbación histórica.
Callado, solitario, dueño de sus fantasías inagotables, entró ansioso y febril, luego de haber visto a Emelina en el jardín de su casa, con una falda ceñida que le hacía más vistoso el vientrecito redondo, las piernas morenas y velludas y los senos redondos con pezones como granos de café, cuando se agachaba para arreglar una mata de fresas.
En un santiamén ella levantó la cara y sus miradas se encontraron durante un largo e interminable minuto, interrumpido por Tiziano, quien salió corriendo de allí -sentía una mezcla de inenarrable placer y de censura moral por ser ella quien era- y con la imagen aún fresca de Emelina mirándolo, se masturbó con tal deleite y con tal intensidad, que en el orgasmo se rompió la mínima telita que separaba la caperuza prepucial del glande, haciendo brotar grandes gotas de sangre que el adolescente iba borrando luego, nervioso y febril, con servilletas y papel higiénico.
Durante varios días con sus noches, y habiéndose amarrado el prepucio con grandes cintas de tela, el joven se vio obligado a mantenerse en absoluta quietud sexual hasta que el miembro hubo de cicatrizarse totalmente.
- Estoy desvirgado -fue lo único que atinó a pensar Tiziano al tiempo que se sentía desarrollado, hombre ya ahora sí, varón adulto, con pelos y señales, a imagen y semejanza de su padre y de los personajes que más admiraba y que sentía más cercanos.
“Si supiera doña Emelina por las que pasado sólo por su culpa”, fue su único pensamiento cuando la vio ese domingo, abriendo distraídamente las piernas en la sala de su casa.
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José Luis Díaz Granados.