A medida que la minifalda amarilla se acortaba y las dos columnas de canela iban formando un ángulo agudo, Tiziano sentía, contra su voluntad, que la serpiente oculta se iba endureciendo y que un escozor le recorría el estómago, el pecho, el corazón y el alma como en los boleros viejos.
Y desde luego, un remotísimo ardor de herida reciente se sumaba a aquellos sentimientos.
La mamá de Juan Bautista seguía hablando intrascendencias, y miraba al muchacho sólo de reojo.
Éste, rojo de vergüenza, ansiedad y lujuria, viendo aparecer el triangulito de tela blanca al fondo de los muslos, sólo atinó a repetir en voz baja los versos del poeta colombiano Eduardo Mendoza Varela:
- El trigo está en su punto / mientras la tarde oscila, / rumor de la hondonada, / dulce melancolía...
Quería levantarse e irse, no soportaba la pena, pero no podía hacerlo, pues la erección era tan fuerte que se le dibujaba en el pantalón de fino y delicado dacrón. ¿Qué hacer, pues?
De pronto, Emelina se levantó del asiento y con un gesto le pidió a Tiziano Argüello el cuaderno de tareas de Juan Bautista. Tiziano se lo extendió y la mujer acercó su rostro con toda la intensidad de su respiración acezante y su olor a piel deseante.
El joven en el colmo del furor, le sujetó las caderas con los brazos y sin saber cómo, las lenguas quedaron flotando en las bocas ansiosas.
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José Luis Díaz Granados.