La Ninfómana
Me habían dicho que era ninfónama, mitómana y cleptómana;
que tenía más o menos 30 años; que era alta, pecosa,
de pechos generosos; que era caribe, que vendía en un almacén
de Chapinero.
Me habían dicho que era chismosa, que se comía las uñas,
que se había metido bajo las cobijas del hermano de su marido; que
había copulado con un anciano desdentado, con un preadolescente, con
un haitiano y con un chino en una sola noche, sin importarle que su prima
estaba allí, en la misma cama doble o triple, en duermevela y que había
aullado y se había movido como un pez loco y que se le habían
torcido los ojos de placer mientras le resbalaba su caramelo perfecto por
la vulva...
Me habían dicho que era de ojos saltones, regordeta, de pelo liso,
la boca pequeña como el ojo del culo.
También me habían dicho que dormía en posición
fetal, desnuda y que se chupaba los dedos, que usaba vibradores para excitarse
y que solía hacer la felación a sus amantes.
Me habían dicho todo eso y que fumaba marihuana en cantidades alarmantes;
que había abortado en tres ocasiones, que tiraba con el caballo de
la finca de sus tíos, que el perrito casero le hacía la cunning
linguae.
En fin, me habían dicho que la buscara. Búscala, me dijo un
amigo, está hecha para una novela tuya, y yo, bueno, iré a buscarla...
Cuando la encontré, un año más tarde, me enteré
que se había enamorado de su psiquiatra y que al cabo de tres sesiones,
éste había enloquecido completamente.
José Luis Díaz
Granados.