Las cataratas de Juanita
Juanita tiene 38 años, es morena clara, de una sensualidad que quema
a distancia.
Ni delgada ni gorda, los ojos grandes, negros, penetrantes y los labios gruesos,
invitan a pecar.
¿Pecamos? Desde luego, acepta.
Nos metemos dentro de las cobijas en pleno día y apagamos la luz. Por
entre las cortinas se cuela un hilillo de mediodía.
Los cuerpos trenzados, sudorosos, se adhieren entre jadeos y ansias. Con la
boca entreabierta y los ojos cerrados, Juanita se transforma en una pantera
dulce.
Beso sus mejillas, su cuello, sus pezones, su ombligo. Con el sexo totalmente
lubricado, me parece que Juanita tiene dones preciosos, cataratas, mermeladas.
La boca del amor se entreabre receptiva.
La pantera se vuelve serpiente.
Cuando la penetro, agoniza.
El delirio desemboca en aullido. Los labios chocan entre saliva y sudor; hebras
de cabello se cuelan entre nuestras bocas. La cópula llega al éxtasis.
Juanita me rodea la espalda y me entierra las uñas.
- ¡Tiziano...! Tiziano...! exclama delirante con los ojos cerrados.
Anuncia el clímax. Diversos rostros brotan en mi mente. Mi fantasía
es un carrusel de imágenes morbosas.
Ella gime y yo riego su sexo con abundante semen.
Con los ojos cerrados, sin aire, me hace un gesto de que sople su rostro.
Un beso nada cursi sella lo que en signos gramaticales se denominaría
felicidad.
Estamos bien. Estamos plenos. La catarata inicia su íntima sequía.
José Luis Díaz
Granados.