Plácida de los Vientos
A medida que Tiziano iba saliendo con Plácida de los Vientos, se iba
dando cuenta de que ella llamaba la atención de las gentes.
Seguramente se debía al movimiento rítmico de sus caderas al
caminar, con sus bluyines ceñidos, o a sus senos enormes, abultados,
espléndidos, o a su rostro de virgencita pícara, que en verdad
la convertían en una mujer preciosa.
Plácida era bonita, coqueta, alegre.
A sus 33 años parecía una china de 18.
Tenía sus carencias, desde luego: cuando cerraba con fuerza sus párpados
y quedaban ocultos tras ellos sus bellísimos ojos marinos, y al mismo
tiempo detenía la caminata, era que iba a soltar un sonoro viento de
inocultable origen.
A veces era como una retahíla, como un abejorro cantando letanías.
Proseguía la caminata, pero seguía soltando la pedorrera, que
luego festejaba, dejando ver un par de colmillos, los superiores, única
dentadura existente tras sus rojos labios, lo que la hacía semejar una
pequeña portería de fútbol.
Pedorra y desdentada, mientras no mostrara estas molestias, parecía
perfecta.
Tiziano, por su parte se divertía, pero no era del todo feliz.
Resulta que en su último parto, Plácida se había desgarrado
y entonces el pene quedaba bailando dentro de su vagina, ¡ah cosa jarta!
y el coito resultaba abstracto, inexistente.
Podía cerrar sus piernas al máximo, pero el tórtolo de
Tiziano no lograba encontrar el deseado límite de bultos lubricados y
exquisitos que requiere todo polvo normal con una mujer.
Pero a Plácida eso le importaba tres pitos.
Por el contrario, cuando Tiziano interrumpía el coito por física
rabia o jartera, ella parecía descansar. Se volteaba y lo despedía
con tres pedos más o menos discretos.
La relación con Plácida duró tres meses. (Uno por cada
pedo).
José Luis Díaz
Granados.