¡Viva los novios! II.
Padrino y pelado.
Apenas había salido del cuarto de baño
cuando escuché algunas risas en la antecámara, luego unos
golpes en la puerta de la habitación en que me hallaba. La abrí
un poco avergonzada, pero no arrepentida, por lo que había sucedido
un rato antes en la habitación y sin que supiera
en un primer momento de quien se trataba, Roland me
tomó en sus brazos. Mis damas de compañía
estaban ya preparadas para acompañarme y eran suyas las risas
que escuchara poco antes.
Fue mi esposo mi casi esposo, solo una hora faltaba para
que lo fuera, quien me presentó a Roland hace ya tres
años. Es su mejor amigo y padrino de nuestra boda.
No era la primera vez que Roland me abrazaba, pero sí la
primera vez que estábamos solos. Cerró la puerta
con el pié, sin soltarme, y me llevó hasta el edredón.
Adivinaron: era el mismo que eligió Henriette. Para entonces
mi cabeza era un torbellino, como dice la canción
de ese nombre. La tentación de permitir que Roland no me soltara,
mientras me besaba, chocaba con mi condición de
desposada y mis sentimientos hacia mi esposo. Roland sabía
lo que hacía, no fue delicado, ni siquiera le importó hacerme
girar con rudeza y empujarme luego para que cayera de
espaldas. Me levantó el vestido, como
si adivinara que debajo estaba desnuda, y me penetró.
No se me ocurrió gritar, ni quejarme como no fuera
de placer. Nunca, lo que se dice nunca antes imaginé
que esa parte de mí podía cumplir otra función que
la acostumbrada, bueno antes de Henriette en todo caso quien había
sido la primera en hacerme sentir ese nuevo goce. Pero con Roland era
diferente, donde antes hubo delicados toques como pinceladas,
mientras con las manos Henriette acariciaba mis piernas, él procuraba
primero su placer antes que el mío.
Entró y salió sin miramientos, y aunque yo también
gozaba me dolió. Cuando terminó
Roland se fue, y escuché que hablaba de nuevo con mis damas
de compañía, que entre preocupadas y curiosas preguntaban
por mí. Roland en su papel de padrino de la boda, las tranquilizó
diciendo que yo estaba tan emocionada por lo que pasaba que pedía
me dejaran cinco minutos más a solas. De nuevo sentada en el cuarto
de baño, recordé de pronto que no había sido otro
que Roland quien me presentara a Henriette. |